Hombres, mastines y lobos

Hombres, mastines y lobos
Centenares de mastines se han distribuído entre los ganaderos en los últimos años, gracias a un plan de la Asociación Tudanca y la Consejería de Desarrollo Rural
Los pastores recuperan viejos métodos para defender sus rebaños.
Mastines y lobos son adversarios, pero también se justifican y necesitan mutuamente. La razón de ser de los primeros es defender los rebaños de la amenaza de los segundos. Por tanto, a más lobos, mayor necesidad hay de mastines.
Esto lo saben bien los pastores y ganaderos de Liébana: aquellos que dejan pastar sus rebaños de ovejas y cabras por las praderías de los valles de Camaleño, La Vega, Bedoya, Cabezón… a la sombra de los Picos de Europa. Allí, en los confines de la vieja Cantabria, el mastín hizo posible que la cría de ovejas y cabras fuera un negocio viable durante generaciones. Sin él, esta actividad habría sido, sencillamente, inconcebible.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que esta relación peligró. Las poblaciones de lobo sufrieron una merma considerable en los años setenta y ochenta, y, sin ellos, los mastines dejaron de ser imprescindibles para el hombre. El perro no desapareció de los montes, pero su presencia decayó a la par que la del lobo.
Hoy, sin embargo, ha recobrado toda su importancia, debido justamente a la recuperación de las poblaciones de lobo. Cuando este ha vuelto a suponer una amenaza, el mastín se ha revelado, una vez más, como una pieza imprescindible.
Evitar el veneno
«Al desaparecer el lobo, no hacían falta los mastines ni había que subir a ver el ganado todos los días. Muchos ganaderos dejaron de tener mastines. Pero al recuperarse, algunos dejaron los rebaños y otros volvieron a utilizar los perros». Lo dice Manuel Bahillo, integrante de la Asociación Tudanca, que en su vida ha ejercido ocupaciones tan variadas como la de ganadero, hostelero, guarda medioambiental o editor de libros. Bahillo colabora con Jesús Garzón y otros entusiastas amantes de la naturaleza en un programa de distribución de mastines entre los ganaderos de Liébana. La iniciativa viene funcionando desde hace once años, y en los últimos tres ha contado con la colaboración de la Consejería de Desarrollo Rural, Ganadería, Pesca y Biodiversidad, cuyo titular es Jesús Oria. Gracias a esta iniciativa se han repartido centenares de mastines entre los ganaderos de la comarca. «Hace cuatro o cinco años no dábamos abasto», sostiene Bahillo.
«El tema empezó para que la gente no pusiera veneno, porque al volver el lobo los ganaderos empezaron a envenarlo todo. Con el veneno morían lobos, pero también osos, quebrantahuesos… todo», explica. La respuesta a este problema es que «con los mastines, logramos que el ganadero no ponga veneno, en primer lugar porque se morirían sus propios perros». Además, el ganadero «no pone veneno y vigila para que otros tampoco lo pongan». La distribución de mastines ha tenido, pues, importantes efectos medioambientales en la comarca de los Picos de Europa, además de promover la protección del ganado. De hecho, el modelo ha sido exportado hace dos años a Bosnia-Herzegovina, en colaboración con la Fundación Buitre Negro.
Grandes y ligeros
Del valor que tiene el perro mastín en las tareas de protección de los rebaños saben algo Maxi, Toño y Jesús. El primero es propietario de unos rebaños en Pido (Camaleño), además de regentar un comercio en Espinama. El segundo elabora queso con fines comerciales desde 1986, de la marca ‘Peña Remoña’. Todos ellos conocen bien el ‘oficio’ de estos perros. «Cuando no hay mastines, el lobo se ensaña. Entra y puede matar 40 ó 50 cabras. Con mastines cambia hasta la manera de cazar: selecciona la presa e intenta cazar una. Sin mastines, entra a cazar a lo burro», explican.
Toño, Jesús y Manuel hacen sus comentarios en presencia de los perros, que vigilan el rebaño en una pradería situada en el pueblo de Pido (Camaleño). Los perros son de Maxi, que «ahora mismo tiene 16», según su hermano. «Esos mastines han nacido con ellas (con las cabras) y ya no las van a dejar nunca», explica Toño. Se refiere a los más jóvenes, que corretean y juguetean con el rebaño.
Al más grande de todos, que tiene año y medio y pesa más de ochenta kilos, le llaman ‘Ganso’. Pertenece al programa de distribución de mastines de la Asociación Tudanca y la Consejería y fue entregado a sus dueños por el propio Miguel Ángel Revilla, en una de sus visitas a la comarca. Pronto reconoce a Manuel, en cuyos brazos estuvo de cachorro. «Tienen una memoria fotográfica», dice este último.
Es el más grande del grupo. «Los ganaderos, a la vez que te escogen el cachorro más grande, te escogen otro más ligero», explica Bahillo. «Prefieren tener perros distintos para que hagan funciones diferentes», añade. Al parecer, el instinto de los mastines les hace organizarse perfectamente ante el ataque de los lobos: el grande se queda en el centro del rebaño -«como la artillería pesada»- y los otros corren por el monte. Además «tienen muy claro que su función no es matar al lobo, sino proteger al rebaño».
Gracias a ellos «ahora mismo no hay muchos lobos: andan más bien por las zonas altas», según Toño. «Las cabras que mataron hace mes y medio, las mataron porque estaban ellas solas, pero habiendo perros, los lobos no entran aquí tan fácil», concluye. Como buenos lebaniegos, Jesús, Toño, Maxi, Manuel… conocen bien a los mastines y, también, el papel que ocupan en el medio ambiente y en la cultura de la comarca.