Emotivo discurso Presidente Adenex.

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Hace pocos días – revisando hemerotecas- nos llamó la atención una noticia que se
hizo eco en distintos medios, acerca del rosario de especies animales y vegetales
descubiertas en la lejana isla de Nueva Guinea a lo largo de la última década. Más de
doscientas plantas; setenta peces; unos ciento treinta anfibios; alrededor de cuarenta
reptiles; dos especies de aves y hasta doce mamíferos – hasta entonces desconocidos para
la ciencia- eran registrados ante la sorpresa de buena parte de la opinión sensibilizada.

La fascinación por la variedad de seres vivos sigue apasionando a los zoólogos y
botánicos actuales al igual que a los naturalistas que, centurias atrás, exploraban con
precarios medios y arriesgando sus vidas las selvas tropicales de Sudamérica, África y
Extremo Oriente. Cuando los expedicionarios que acompañan a James Cook echan anclas
en la costa oriental de Australia, hace algo más de doscientos años, pasan a denominar
dicho emplazamiento con el erudito nombre de Bahía Botánica, habida cuenta de los
numerosos especímenes vegetales catalogados en una breve prospección. Al tiempo que
los colonos británicos comenzaban una guerra sin cuartel contra la fauna autóctona, por
considerar que era una competencia indeseable para las introducidas ovejas, no pocos se
sorprendieron con el ave lira, capaz de imitar hasta el más inverosimil sonido; con los
tilonorrincos, aves de metálico plumaje constructoras de galerías de flores para atraer a sus
hembras; con el colorido de las aves del paraíso y con la extraña y cómica forma del
ornitorrinco; mamífero que pone huevos, con pico de pato y cuerpo de nutria, lo que hizo
pensar a muchos que el mundo fantástico de Simbad El Marino se hacía realidad ante sus
ojos.

¿Qué es la biodiversidad y por qué resulta crucial para nuestra especie? Refiere a la
diversidad de plantas, hongos y animales, pero también a la variabilidad genética
intraespecífica y a los ecosistemas y las regiones naturales donde habitan las especies. No
podemos obviar un aspecto muy relevante en este concepto a menudo no tenido en cuenta:
el relacionado con su vertiente cultural. Desde hace milenios, los hombres han producido
infinidad de variedades de plantas convertidas en cultivos, además de animales domésticos,
y han transformado los primitivos biomas naturales en paisajes culturales, muchos de ellos
armonizando su vertiente natural con la antrópica, pero en muchos otros simplificando y
degradando tanto el entorno que la capacidad de sustentación del mismo corre serio peligro.
La vertiente cultural de la biodiversidad no acaba ahí, pues determinados grupos
étnicos, mal llamados primitivos, que basan su economía en el forrajeo, o sea, en la caza y
la recolección, y en una rudimientaria agricultura de tala y quema, poco o nada agresiva con
el entorno, también han contribuido al conocimiento de la biodiversidad, clasificando plantas
y animales con métodos diferentes a los emanados del lenguaje científico, pero no por ello
carentes de coherencia lógica en conexión con la forma de entender el universo de sus
respectivas culturas.

La biodiversidad nos proporciona gratis numerosos recursos elementales para la vida
que hemos gestionado desde los más irracionales criterios. Esos recursos – agua, oxígeno,
suelo fértil, principios activos para medicamentos, proteínas procedentes de los recursos pesqueros- brindados por los árboles, las plantas herbáceas, los peces y demás seres vivos,
se han gestionado desde el despilfarro, la perversa creencia en su carácter ilimitado y desde
maniobras especulativas al servicio de los poderosos. De ese modo, los intereses de
multinacionales, arrasando hectáreas de espacios forestales, infestando los cultivos de
transgénicos, envenenando suelos y transformando paisajes con ricos matices en uniformes
y destructores monocultivos, acabando con la agrodiversidad y de paso con la autonomía de
las comunidades rurales en muchas partes del mundo, certifican que la pérdida de
biodiversidad se relaciona con actividades que no sólo agreden el entorno, sino que
contribuyen a que el nivel de vida de mucha gente empeore.

La pérdida de biodiversidad también se convierte, en ocasiones, en testimonio del
Cambio Climático, pues determinadas clases zoológicas como los anfibios, ven reducidas
sus poblaciones debido a la enorme susceptibilidad que muestran ante las fluctuaciones de
las temperaturas, pluviosidad y prolongación de las sequías, consecuencia del
Calentamiento Global, todavía negado por determinados científicos de dudosa
independencia.

Pero no sólo debemos defender la biodiversidad por los beneficios, llamémosles
tangibles, que ocasionan al ser humano, pues hay otra serie de aportaciones que, desde
una óptica conservacionista, son igualmente importante. ¿Quiénes somos para erradicar
una especie que ha tardado millones de años en evolucionar? Mucha de la biodiversidad ya
estaba asentada en el planeta antes de que aparecieran los primeros ancestros de nuestra
especie, hace unos seis millones de años; un suspiro en la inmensidad del tiempo geológico,
por lo cual, el deber moral de su preservación para las generaciones venideras se nos
antoja obligado. Del mismo modo, las necesidades estéticas y espirituales de la humanidad,
dificilmente podrán ser colmadas si convertimos definitivamente al mundo que nos rodea en
explanadas insulsas donde no haya aves que entonen sus cantos, colores percibidos a
través de la vegetación y centenares de formas, olores y sonidos generados por los seres
vivos. Sin ánimo de caer en reflexiones místicas, quizá sea hora de tomarnos en serio algo
que han comentado algunos etnólogos y viajeros: que en la industrializada y moderna
sociedad de la tecnología virtual, del despilfarro, de las grandes superficies que apabullan
con productros superfluos, de las luces de neón, del tráfico constante de vehículos de motor,
de la prisa enemiga de la amabilidad, de la competitividad extrema y la injustica de un
implacable y deshumanizado capitalismo financiero, nos reímos mucho menos que en las
sociedades de bandas y aldeas ¿Tendrá algo que ver con eso nuestro alejamiento de la vida
salvaje y nuestra sed por acumular en lo meramente cuantitativo? ¿Por qué esa manía de
creernos tan especiales? Ciertamente, somos una extraña especie, como dijo Desmond
Morris, que pone se pone en peligro a si misma.

Extremadura. Un rincón del suroeste europeo que podríamos definir como punto
caliente de bioviversidad: dehesas, robledales, manchas de matorral mediterráneo,
fabulosos espacios riparios a la vera de nuestros ríos, tierras calmas o llanos, paisajes de
montaña e incluso núcleos urbanos, albergan la mayor conentración de fauna del viejo
continente. Uno de los baluartes de nuestro futuro, en el contexto de una crisis generada por
los poderes de la banca y el pensamiento ultraliberal, puede estar conectado con la
valorización de nuestra biodiversidad, prueba evidente son los cada vez más numerosos
turistas nórdicos y centroeuropeos atraídos por la invernada de las sesenta mil grullas que
invernan en nuestros llanos y encinares y el hecho que, desde Alemania, ya se oferte a
Extremadura como destino específico para la práctica del turismo ornitológico; algo que
deberían tener en cuenta quienes argumentan que hay demasiadas ZEPAS que
contribuirían negativamente – nos dicen- al desarrollo de nuestra región.

Se proponen complejos turísticos que promocionan guetos elitistas que poco
contribuyen al desarrollo de comarcas deprimidas, con el chantaje emocional a la opinión
pública a base de unos cuantos puestos de trabajo con la precariedad como característica
flagrante. La justicia, en esta ocasión, da la razón a una lucha conservacionista contra el
desarrollismo descontrolado, con la prevaricación como arma, para modificar el estatus legal público de un paraje, el del embalse de Valdecañas, poniendo el peligro un espacio
protegido por la Red Natura 2000. Quienes ven en nuestra lucha sólo una fe ciega, basada
en un trasnochado fanatismo, se ocupan ahora de señalarnos ante las consecuencias de la
ejecución de una sentencia – la dictada por el Tribunal Supremo- y los mismos que ponen
el grito en el Cielo cuando sacralizan la ley y la obligatoriedad de su cumplimiento, ahora
apelan a la necesidad de buscar subterfugios que puedan modificarla.

Se nos tacha a los movimientos conservacionistas de intrasigentes, de enemigos de
lo que muchos llaman progreso, en un contexto en el que se cierran las ayudas a las
energías renovables, mientras en Alemania, con menos horas de luz solar, se potencia su
implantación con la consecuente creación de empleo asociado a las mismas, al tiempo que
se cierran hasta siete centrales nucleares, acabando con el mito que exhibe como quimera
el que podamos abastecernos de energía con una base fundamental en las fuentes limpias.
Desde Harrisburg, pasando por Chernóbil y acabando con la tragedia de Fukushima,
comprobamos la realidad de la energía nuclear: una energía en fase experimental,
generadora de residuos inertes y extremadamente peligrosos y gestionados sin criterio por
organismos oficiales con el oscurantismo informativo por bandera.

La dehesa, el paisaje cultural que define e identifica a Extremadura. A lo largo de
nuestro territorio se extienden más de un millón de hectáreas. Un bosque ahuecado fruto de
la transformación del primigenio bosque mediterráno en favor de un medio antrópico donde,
tradicionalmente, coexistían usos agrícolas, forestales y ganaderos. Hoy, el envejecimiento
del arbolado, la falta de regeneración, patologías cuyas causas y remedios se encuentran en
plena discusión, la pérdida de vigencia de muchos de sus aprovechamientos, la dedicación
de muchas dehesas a la monoproducción ganadera intensiva -tremedamene agresiva-
incompatible con su sistema, unos textos legales obsoletos, el abandono a su suerte de
nuestras dehesas boyales, la falta de un proyecto coherente de ordenación de nuestros
montes y la incomprensión de la PAC, generadora de las ayudas al campo, de la
idiosincrasia de nuestro contexto mediterráneo, alejado de la Europa atlántica y húmeda,
son sólo una parte del cúmulo de problemáticas que amenazan a nuestro paisaje más
emblemático y depositario de nuestros tesoros salvajes y culturales más valiosos. Es hora,
pues, de buscar una rentabilidad social a la dehesa, entre todos, compatible con su
conservación, pues nuestros encinares, alcornocales y los menos conocidos rebollares, no
pueden perpetuarse sin la intervención humana, la misma que amenaza con destruirlos.

Desde Adenex apostamos por el voluntariado. Quizá nuestro proyecto
Plantabosques defina con claridad nuestra filosofía, pues es para nosotros paradigma de
refererencia de la movilización de buena parte de la sociedad extremeña a lo largo de una
década, preocupada por lograr un mundo más amable, donde los árboles que sustentan la
vida y nuestro futuro tengan cabida. La movilización de centerares de jóvenes y mayores y
la plantación de miles de árboles en predios arrasados por los incendios forestales, son un
sentido recuerdo para quienes piensan que otro mundo es posible, y un recuerdo para
quienes sufren en sus carnes las consecuencias del fuego asesino, provocado por intereses
innobles y venganzas propias de la irracionalidad extrema.

No corren buenos tiempos. La crisis no es sólo económica, porque además de
generar estadísticas sobre desempleo, desahucios e indigencia que se multiplican por mil
traducidas en sufrimiento, también se relaciona con la falta de sensibilidad por el mundo que
nos rodea; con la falta de valores esenciales. El respeto a la naturaleza, a sus ciclos y a sus
nexos con el ser humano nos enseña que la felicidad se podría lograr con unas cuantas
cosas elementales. Nos enseña que el arrendajo entierra bellotas que germinan, que el
tintieno otoñal de las hojas de los chopos tiene algo especial, que los tomates de huerta
saben a tomate y, como decía Don Gregorio, aquel entrañable maestro retratado en aquella
película: que las mariposas tienen lengua.

Presidente Adenex.

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