El galápago europeo nada en aguas revueltas

La Comunidad ha cortado este año la financiación para su cría en cautividad.

 

Un ejemplar de galápago europeo. / FERNANDO MOSTACERO

Tranquilo y amante de las aguas limpias, el galápago europeo (Emys orbicularis), en peligro de extinción, sobrevive a duras penas en la región madrileña. Aunque no hay un censo, la Asociación Herpetológica Española (AHE) calcula que quedan menos de 1.000 ejemplares, repartidos en 10 poblaciones sin conexión entre sí, que viven en charcas y lagunas de la sierra del Guadarrama y aledaños. En el resto de España la situación tampoco es muy halagüeña.

Se enfrentan a la destrucción del hábitat, a especies exóticas como la tortuga de Florida, e incluso a su captura para la venta en el mercado ilegal de animales exóticos, y están perdiendo la batalla. Su recuperación se ve ahora más comprometida, debido a que la Comunidad de Madrid ha cortado este año la financiación para la cría de ejemplares en cautividad, que lleva a cabo el Grupo de Rehabilitación y Fauna Autóctona (Grefa) desde el año 2007 con la ayuda de la AHE, que se encarga del seguimiento de la especie en su hábitat natural.

En este contexto, los expertos auguran un mal futuro para el reptil, que se caracteriza por su piel oscura salpicada de manchas amarillas. A la otra especie de galápago que existe en la región, el leproso, le va mejor, gracias a su poder de adaptación al medio y a las aguas contaminadas. Alberto Álvarez, miembro de la AHE, trabaja desde hace más de 10 años, en la recuperación del galápago europeo. En su opinión, el reptil no puede salir adelante porque «solo se han puesto pequeños parches». «Es necesario redactar un plan global, para saber de qué situación se parte y las medidas concretas a adoptar”, aclara.

La ley obliga a las comunidades autónomas a elaborar planes de recuperación para las especies consideradas en peligro de extinción, pero en Madrid no hay ninguno de momento. “Si no existe para el águila imperial, menos para un galápago que pasa desapercibido”, recrimina el investigador. Considera imprescindible crear canales de conexión entre las poblaciones. “De otra forma, se extinguirán por consanguinidad, por la aparición de una plaga o porque se destruya la laguna donde viven”, enumera Álvarez.

Quedan menos de 1.000 ejemplares, en poblaciones desconectadas

Fuentes de la Consejería de Medio Ambiente aseguran que, en los últimos siete años, se han invertido cerca de 200.000 euros para mejorar el hábitat y favorecer la recuperación del galápago europeo. En las cuencas de los ríos Alberche y Cofio se han creado 23 nuevos puntos de agua, se han impermeabilizado otros y se han adecuado 52 pilones o abrevaderos. Este año se han soltado 12 ejemplares juveniles y cuatro adultos, cinco de ellos equipados con un transmisor, que les ofrece información puntual de sus movimientos.

“No dan grandes sorpresas, se comportan como esperábamos. Las hembras están más ligadas a las charcas, y los machos son más erráticos”, explica Fernando Blanca, responsable de la reproducción en cautividad de la especie en Grefa. “Son unos animales exquisitos. Viven en charcas muy bien conservadas, poco o nada contaminadas, con buena alimentación y muchas plantas acuáticas”, relata.

De hábitos diurnos, tienen periodos de reposo invernal y de estivación,para escapar de las temperaturas extremas. Durante esas épocas se refugian en la vegetación, en agujeros del entorno o se entierran en el fondo de las charcas. Por este motivo es muy importante controlar que no se quemen los zarzales, vigilar el pastoreo o la entrada indiscriminada de ganado en las lagunas donde vive, advierten los expertos. El otoño tan seco que está viviendo la región, hace que algunos animales lleven siete meses fuera del agua, a la espera de que la laguna donde viven se vuelva a llenar.

Su reproducción en cautividad es complicada. En los primeros programas piloto, que se desarrollaron en Grefa en 2007, solo se conseguían sacar adelante unas 15 o 18 crías. Este año han nacido 70 animales. Blanca explica como,tras años de trabajo y apostando por la incubación artificial, han obtenido una tasa de eclosión del 100% de huevos fértiles. En la naturaleza, la hembra pone entre seis y ocho huevos, de unos cuatro gramos. Las crías tienen un tamaño similar al de una moneda de dos euros, con una mortalidad muy alta. “Hasta que alcanzan un tamaño en el que el caparazón les protege de forma efectiva, pueden pasar 10 años”, observa Álvarez.

En Grefa mantienen a las crías nueve meses “en condiciones ideales de crecimiento” hasta que alcanzan unos 70 mm de longitud. Consideran que en ese momento se pueden liberar y tienen más posibilidades de seguir adelante. Es una especie que tiene unos 50 años, alcanza los 15 cm de longitud y 600 gramos de peso. “Aunque en Alemania se localizó una hembra de 80 años y en Francia otra de 120, lo que nos lleva a pensar que en la Comunidad de Madrid todavía no se ha extinguido debido a su longevidad, porque no hay muchos ejemplares jóvenes en las poblaciones ”, concluye Blanca.

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