La familia del bosque

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En lo más intrincado del bosque, allá donde el verdor de los árboles se desdibuja con el  suave azul del cielo y las cumbres acarician las nubes, vivían Marley y Rebeca.

Lobo Foto: Carlos Velasco

Lobo
Foto: Carlos Velasco

Marley era un lobo macho de cuatro años, fuerte, con unas patas musculosas y recias como troncos de roble añejo. Su cabeza estaba poblada con un hermoso y espeso pelo gris que le daba un aspecto regio e insigne como el de un rey, el rey del bosque. Sus ojos tenían un color de miel, cálido y dulce que hipnotizaban hasta a la luna.

Rebeca era una hermosa loba de tres años, con una silueta grácil y atlética como la de una sirena de montaña. Su cuerpo acababa en una hermosa cola peluda que movía muy rápidamente cuando se encontraba feliz. El hocico de Rebeca tenía una forma especialmente alargada con una bolita negra y húmeda en la punta que despertaba la locura de Marley cuando lo acentuaba con sus aullidos.

Marley y Rebeca eran  una pareja emancipada de un clan de lobos que vivía al otro lado del valle. Un lugar que un día fue fértil y con abundancia de vida, pero que en los últimos tiempos, debido a los incendios provocados por el hombre, había empobrecido la zona y obligado a los animales a abandonarlo y con ellos, la comida. Por este motivo  y ante la escasez, de forma natural la pareja de lobos, abandonaron al grupo para comenzar una nueva vida juntos en otra zona del bosque.

La zona del bosque que eligieron era un lugar maravilloso surcado por un rio de aguas transparentes y limpias con guijarros pulidos por los siglos donde vivían una familia de nutrias que andaban todo el día jugando por las orillas, tomando el sol en las piedras y persiguiendo peces de un lado para otro dentro de las pozas.

Lobo Foto: Carlos Velasco

Lobo
Foto: Carlos Velasco

Los árboles del bosque eran gruesos robles con suculentas bellotas, castaños recios y avellanos que proporcionaban alimento a un gran número de animales. También había zonas de pino piñonero que hacían las delicias de las ardillas que de rama en rama y de árbol en árbol curioseaban todas las piñas que podían en busca de los nutritivos piñones.

En los márgenes del rio; líneas de chopos, fresnos, endrinos y zarzamoras conformaban una línea multicolor infinita con matices y pinceladas de la maestra naturaleza. A lo largo del cuadro de este río  vivían multitud de roedores, avecillas y anfibios de todos los tamaños y formas que allí encontraban el refugio perfecto.

La pareja de lobos había elegido como hogar una zona especialmente abrupta y rocosa de la montaña desde la cual se contemplaban los dominios de su nuevo hogar y se podía otear cada rincón del mismo; bosques y montañas, llanos y valles, un espectáculo de vida y color.

Marley y Rebeca comenzaban el día al atardecer, desentumeciendo su cuerpo después de dormir durante buena parte del día recogidos como ovillos de lana. Una vez espabilados a ambos, les encantaba perseguirse, correr entre los árboles, saltar y jugar como lobos felices hasta cansarse, entonces se acercaban al rio y con su lengua rosada le arrebataban un poco de su fresca agua para así poder calmar la sed que la intensidad de sus juegos les provocaba.

Muchas tardes, una vez que el sol se había despedido y desaparecía entre las montañas, salían a recorrer su territorio como una patrulla fronteriza. Se dedicaban a marcar sus límites para indicar que aquel lugar ya tenía dueños y que aquí se podían leer sus derechos de propiedad. Paseaban por senderos y pistas, subían montañas y bajaban valles y una vez terminado el trabajo, volvían a su guarida para juntar sus cálidos cuerpos en una fusión de amor.

Otros días cuando el hambre gritaba dentro de sus estómagos vacíos, batían la montaña en busca de algún animal enfermo o demasiado viejo que el bosque ofrendaba para alimentarles y con ello, se renovaba la vida.

Y así pasaron los días hasta que una mañana de enero Rebeca se levantó distinta, se sentía sensible y muy cariñosa con Marley, buscaba su hocico constantemente para lamérselo, se comportaba especialmente juguetona. Marley se puso muy nervioso y entendió que Rebeca estaba entrando en época de celo, en el momento del amor pleno para el lobo, la luna de miel lobuna para toda su vida…

Pasaron días y días jugando al amor. Andaban juntos por el bosque, juntando sus cuerpos, lamiéndose, brincando como liebres el uno sobre el otro, mirándose profundamente, buscándose dentro del alma de su enamorado, hechizados…, así se encontraban Rebeca y Marley.

Al cabo de días de apasionante amor, se retiraron a su hogar en la montaña y   se produjo el milagro. En el interior de ella se condensaba el amor de ambos en forma de nuevas vidas, Rebeca estaba embarazada.

Marley durante el embarazo de Rebeca, cuidó de ella fervientemente, sin olvidar ni un detalle. Protegiéndola en cuerpo y alma, alimentándola, dándole calor y velando sus sueños.

Después de tres meses ocurrió… Rebeca trajo al mundo tres lobeznos hermosos como el Sol  que dieron luz, calor y una inmensa alegría a sus padres.

Los lobeznos eran dos machos y una hembra.

Ahora eran cinco en la familia, y en aquel rincón de la montaña no existía el aburrimiento. Los cachorros jugaban constantemente con todo lo que encontraban a su paso. Todo les parecía digno de su atención; el salto de una rana, un trozo de pelo, una hoja seca, la sombra de un roble… todo formaba parte de un aprendizaje. Incluso la cola  especialmente peluda de Rebeca era motivo de constantes persecuciones y mordiscos que con sus delgados y menudos dientes sobresaltaban a Rebeca. Pero ésta como madre paciente  lo soportaba con silencio y cariño.

Los padres habían puesto ya los nombres a sus hijos. Los machos se llamaban Furry el más grandullón y peludo; Jumper el más juguetón y saltarín y ella, la delicia de su madre, se llamaba Esmeralda, por sus extraños y hermosos ojos verdes.

En el bosque la vida no era fácil, los padres se esforzaban en cuidar y sacar adelante a sus amados hijos pero existían multitud de peligros y penurias. Ahora eran cinco bocas para alimentar y el bosque no siempre era generoso para proporcionarles comida. La vida del lobo era muy dura y cada día era una prueba de supervivencia

Marley y Rebeca como padres protectores, salían juntos en busca de comida y algunos días, después de recorrer grandes distancias, volvían a la lobera sin nada con lo que apaciguar el hambre de sus pequeños. Los lobeznos los miraban con tristeza y desazón pero siempre tenían lametazos para sus padres aunque el hambre  clavara agujas en sus estómagos.

Los inviernos eran especialmente duros para ellos, la nieve y el frio hacía bajar a las partes bajas de la montaña al resto de animales en busca de forraje y otros alimentos y los afanosos padres, se veían obligados a acercarse peligrosamente a las zonas donde habita el hombre. Allí el olor era metálico y áspero y a ambos les generaba desazón, lo que les empujaba a alejarse lo antes posible.

Además en ese periodo, la familia tenía que andar con cuidado porque durante varios días a la semana subían a la montaña los hombres con bocas de fuego que sembraban terror y muerte entre los animales. Por ese motivo, los padres de los cachorros, no les dejaban abandonar su recóndita cueva durante el tiempo que estaban rondando los humanos. Los lobeznos como portadores de un bagaje ancestral en sus genes, se mantenían inmóviles y en silencio hasta que el olor de los humanos desaparecía de la montaña.

La primavera, era una época de esperanza y resurgimiento de la vida en el bosque, Todo era más fácil entonces y la comida abundaba para todos. Los latidos de la naturaleza se hacían patentes con intensidad, con la fuerza de las aguas de los ríos y el brotar de las flores. Olores, colores y sonidos creaban un paraíso vivo.

El tiempo transcurría y los lobeznos se iban haciendo más mayores. Furry tenía un pelaje más denso que sus hermanos y eso le hacia parecer más grande y torpe. Cuando corría y se tropezaba, daba vueltas por el suelo rodando como una bola lanuda. Jumper aprovechaba esos instantes para correr detrás de su hermano y practicar el arte de la caza, dándole manotazos y pequeños mordiscos que con una mirada benévola aprobaban los papis.

Esmeralda era más introvertida y prefería rastrear y curiosear la zona ella sola en busca de pequeños animales a los que perseguía hasta que se escondían en el interior de los huecos de los árboles o en pequeños agujeros del suelo.

Los tres pequeños, pasaron de lobeznos a lobatos, ya tenían un año de edad y estaban bien desarrollados. Sus padres habían conseguido criarlos a todos hasta esos días a base de mucho esfuerzo y sacrificio porque claro está, los padres hacen todo lo necesario por sus hijos, y Furry, Jumper y Esmeralda eran sus joyas.

En esa época, los tres hijos ya empezaban a acompañar a sus padres en las correrías por el bosque y de esa manera, especialmente Marley, les prodigaba buenas lecciones de caza con estrategias y artimañas aprendidas de generación en generación.

Marley y Rebeca también les conducían por su territorio y les enseñaban los límites de palmo a palmo. Algunas noches, cuando escuchaban los aullidos de su antigua manada, todos juntos y desde lo más alto de la montaña, alzaban sus cabezas hacia la luna y creando un espectacular dibujo de sus siluetas comenzaban a aullar como cabalgando sobre la luna, que al compás de su melodía los acunaba.

Durante varias noches Furry, el más mayor, escuchó un aullido fino y suave, como una melodía dulce y embriagadora que provenía de otra zona de la montaña allende  sus posesiones. En ese momento Furry sintió la fuerza arrebatadora de la naturaleza, la necesidad de crear una familia y de tener un territorio donde emprender una nueva vida.

Furry, una mañana partió para no volver y el resto de la familia aunque sentía un frío vacío en su corazón, comprendió que tenía que ser así. Allí quedaban Esmeralda y Jumper mirándole marchar con los ojos inundados de lágrimas y los recuerdos de sus juegos enmarcados en las paredes de su memoria.

Así la vida continuó para la familia y los cuatro juntos formaban una maravillosa manada, perfectamente compenetrada que compartían juegos, caza y sueño.

Una mañana muy temprano, después de pasado casi medio año desde que Furry se marchó, la familia se encontraba regresando de la parte baja de la montaña, tras   haber rastreado un viejo ejemplar de corzo durante la noche que ya era reclamado por la madre tierra para volver a sus orígenes.

Cuando subían una ladera empinada sobre el lado norte de la montaña, Marley que encabezaba la marcha, de pronto se paró en seco y se quedó helado. Rebeca pudo observar como a Marley le temblaban las patas, esas patas musculosas y firmes ahora  le estaban tiritando como juncos movidos por el aire. Rebeca supo que algo no iba bien y de varias zancadas se puso a la altura de Marley para observar la imagen más horrorosa y terrible que jamás había podido concebir en sus peores pesadillas, su hijo, su Furry, se encontraba con la cabeza metida en un frio y asesino cable de acero que le había arrebatado la vida ahorcándole. Un cable que un ser in-humano había colocado para asesinar a un animal de una forma cruel y agónica.

Furry, aquel lobo peludo y juguetón que había compartido tantos buenos momentos con sus hermanos y padres, ahora, en un suspiro y en plena juventud, había perdido el aliento para no volver a recuperarlo. Su cuerpo estaba tendido, frio, yerto…

Toda la familia junta, aulló de forma desgarradora con un aullido que llenó todo el bosque de dolor, luto y lágrimas.

Como en una extraña liturgia, todos comenzaron a lamer a Furry y así de esa manera parecía que limpiaban y purificaban el alma del hijo y del hermano para que pura y trasparente encontrase en otro mundo más evolucionado la tranquilidad, la comprensión y el derecho que aquí los humanos no le concedían.

Cuando todo terminó, arrastrando sus extremidades  comenzaron a andar hacia su guarida y a unos cientos de metros del cuerpo de Furry, observaron una joven loba desnutrida con las costillas marcadas como surcos en la arena. La loba tenía una actitud huidiza y trataba de esconderse tras unos matorrales.

La familia avanzó hacia ella y poco a poco se fueron acercando hasta que la loba  sumisamente se tumbó en la tierra y dejó que la olieran.

Todos comprendieron que era la pareja de Furry y de esa manera también entendieron que la vida había sido muy difícil para ambos. Su juventud y su inexperiencia no había jugado en su favor y es que el bosque tenía unas reglas muy rígidas que hay que entender y aceptar y entonces las cosas empezaban a mejorar.

Neva, se llamaba la loba.

La delgada y enjuta loba no había podido hacer nada por Furry. Su vista denotaba un miedo intenso y una herida abierta por el terrible espectáculo que unas horas antes había presenciado. Neva contó lo siguiente:

Furry y ella se encontraban campeando por la zona baja de la montaña en busca de alimento y cuando caminaban hacía el interior del bosque, se vieron obligados a entrar por un hueco que había entre la espesura del matorral, entonces Furry que era el primero, fue parado en seco por algo desconocido que le hizo tirar con fuerza para huir, pero en su búsqueda de libertad, Furry encontró la muerte, una muerte que poco a poco se iba cerrando sobre él hasta arrancarle su último suspiro y conducirle al abismo.

Toso fue presenciado por Neva que desesperada e impotente se refugió temblorosa en unos matorrales a unos cientos de metros hasta la llegada de Marley y el resto.

Neva estaba desolada por la pérdida de Furry, su pareja, y comprendió que ya nada podía hacer salvo  seguir adelante, luchar por la vida como siempre había caracterizado a los lobos. Entonces se unió a la manada y comenzó una nueva vida en el bosque.

Durante muchas noches, desde lo alto de la montaña, los cinco lobos aullaron al alma de Furry y llenaron el firmamento con una canción de lamento y a la vez de esperanza para todos los lobos del mundo, que hacían de la supervivencia un modo de vida, un arte.

El tiempo transcurrió. Marley y Rebeca volvieron a tener cachorros, cuatro en esta ocasión, dos machos y dos hembras. Jumper se emparejó con Neva y tal y como mandan las reglas de los lobos, éstos emprendieron un viaje para poder formar una nueva familia, una nueva manada en otro territorio.

Pasado un tiempo, a la manada del bosque se unió un joven lobo errante que había abandonado una manada de un lugar lejano.

Era una manada de siete lobos en la cual cada uno aceptaba su lugar en el grupo. El joven errante mostraba una actitud sumisa hacia el macho alfa que era Marley. Éste le enseñaba al igual que a sus hijos todas las técnicas de caza necesarias para las presas salvajes de la montaña.  Cada día era un aprendizaje, una nueva oportunidad para aprender de aquel gran maestro que mantenía unida y alimentada a la manada.

De la vida del lobo errante nada se sabía, sólo que había permanecido tiempo deambulando por el bosque sin más compañía que su sombra y sin más oportunidades que las que el todopoderoso bosque le quiso dar.

Una noche como era necesario cuando el hambre  acosa, la manada se dispuso para la caza. Recorrieron las zonas de matorral, siguieron rastros aquí y allá hasta que dieron con un ejemplar de ciervo malherido por alguna caída que había dejado de andar hacia un tiempo. Un ejemplar que había completado su ciclo vital y ahora pasaba a convertirse en energía y vida para la manada de lobos.

Ya de madrugada, de vuelta a la lobera,  la manada recorría un viejo sendero de piedra que transcurría por la montaña. Marley como macho alfa encabezaba la comitiva, le seguía Rebeca como hembra alfa y después el resto de los lobos.

Al atravesar un canchal que limitaba los dos lados de la cordillera, se oyó un zumbido seco y amargo que llegó cortando el aire en dos como una navaja  y Marley se desplomó en seco sobre el suelo. El cuerpo fuerte y vigoroso de Marley con un corazón de volcán agitado, ahora era silencio y ausencia.

De forma instintiva el resto de la manada corrió a refugiarse en la zona boscosa de la montaña. Allí donde el bosque protege a sus hijos.

Desde el alto sotobosque, Rebeca, inmóvil, con la respiración entrecortada y el corazón galopando, observó como un humano con una boca de fuego en la mano se acercó hasta donde estaba Marley, se agachó y agarrándolo por el pelo del cuello, le levantó la cabeza y le observó con cara de júbilo, esbozando una sonrisa fría y sucia. En su cara habitaban unos ojos huecos  y negros  como pozos crueles y vacios

Rebeca miraba a su lobo, a su amado, a su pareja para el resto de sus días y veía como un humano jugaba con la cabeza como si de un muñeco de trapo se tratase. Esa cabeza sagrada, la cabeza de un maestro, de un padre y de un líder…

Rebeca sentía un profundo dolor. Una grieta le abría el cuerpo en dos sin poder evitarlo pero era una loba dura y valiente y la vida tenía que seguir sin Marley. Los lobos vivían así desde hace siglos; siendo asesinados, torturados, injuriados, demonizados e incomprendidos. La dignidad del lobo era una utopía pero un sentimiento suyo y Rebeca nunca más giró su cabeza hacia atrás, siempre la llevó hacía adelante.

Con el tiempo se supo que un lobo había estado atacando tiempo atrás al ganado de la parte baja del valle y se llegó a saber que ese lobo, era el lobo errante que fue aceptado por la manada de Marley y Rebeca y que como lobo solitario y joven, no tenía capacidad para alimentarse de presas salvajes y acudía empujado por el hambre a alimentarse de ganado.

Marley había pagado con su vida, los agravios que el hombre consideraba que había cometido el lobo.

El humano no reflexionaba que un lobo había hecho el daño  y culpaba al lobo en general, sin identidad ni individualidad. Toda la especia había cometido la ofensa y en su ofuscación e irreflexión había castigado a un inocente, a Marley.

Ahora, todos los machos de la manada de Rebeca luchaban por obtener la supremacía en la manada, por ser el macho alfa.

La manada se disolvió con el tiempo y quedaron solas Rebeca y Esmeralda. Las luchas, la incompetencia en la caza y  el hambre, generaron una serie de factores que desencadenó en ello.

Les faltaba el maestro y líder que de forma eficaz cohesionaba la manada y la convertía en un grupo perfecto.

En los  pueblos cercanos al bosque se incrementaron los ataques a los rebaños. Matar al lobo, matar a Marley, no mejoró la situación de su ganado, si no que la empeoró ya que lobos que antes formaban una manada disciplinada y dirigida, ahora vagabundeaban errantes y solitarios esperando ser aceptados en otra manada y mientras tanto tenían que sobrevivir como podían y una forma extrema pero necesaria era a base de comer ganado, fácil y posible.

Rebeca y Esmeralda continuaron su vida en el interior del bosque y a lo largo de su camino, vieron muchos cambios; vida y muerte, alegría y sufrimiento.

El humano nunca entendió al lobo: nunca comprendió su vida, su sociedad, su familia…

Arremetió y siguió matando a los  lobos del bosque de una forma visceral. Siguió matando líderes, siguió desestructurando manadas y siguió perdiendo ganado…

Marley simbolizó los padres y líderes de todos los lobos, el equilibrio y la armonía y con su muerte continua, también muere la cultura del lobo y una parte insustituible de la vida.

 

Eduardo Palomo

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